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martes, 2 de noviembre de 2010

Lluvia


Las chicharras por fin eran felices. De seguro bailaban en los árboles. Las plantas húmedas y placenteras por el agua que corría por sus cuerpos. Llovía.

Dos niños iban caminando bajo las gotitas que caían diagonalmente, pisoteando los charquitos en las banquetas esperando mojar el uno al otro.

El niño de ojos claros piensa: "Los sueños caen en forma de agua, porque fluyen de manera natural. Son transparentes, porque se dejan ver por su verdadera esencia, sin embargo, algunas gotas son sueños olvidados, cuya ruptura cuando cae al piso, desprende inspiración a aquellos que lloran en sus ventanas mientras ven el paisaje nublado empañar los vidrios."

La niña del vestido azul piensa: "El agua baña mi ser; limpia lo impuro de mi alma. Deja que vea mi aura reflejada en cada gota que se rompe en un segundo, y luego todo vuelve a comenzar. Se puede decir que es un eterno baño que me limpia de todo lo que no soy."

Pero ninguno hablaba. Todo sucedía en sus cabezas.

La lluvia hace que imaginemos en silencio, que escribamos en silencio. Muchas veces, las ideas llegan en una corriente fluida que nos regala la naturaleza en una tarde lluviosa.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Diario de una sombrilla

15 de septiembre de 1984:

Parecía que Mandy tenía una fiesta la noche anterior, pues se había puesto su vestido azul con las flores deformes que tanto le gustaba.
Habían comenzado las lluvias hace poco y decidió llevarme a mí esa noche, ya que era más acercado al color azul grisáceo de su vestido que mis otros amigos paraguas dentro del baúl donde nos mantenía custodiados.
Salimos y la lluvia era tranquila. Cuando llegamos a la casa de su amiga Karen Villaseñor, una jovencita rica, del tipo de personas con las que alguien como Mandy le gusta juntarse, me colgó junto a la mesa del florero persa.
Desde ahí veía a los amigos de Mandy reir, beber y charlar. Parecía divertido, pero yo tenía otros intereses.
Me limité a mirar el florero. Tenía unos alcatraces. Al fondo del pasillo, había una puerta muy peculiar; a esa puerta he querido entrar desde la primera vez que visité la casa de los Villaseñor. La puerta era vieja con un cerrojo antiguo. Pero inmóvil, solo continuaba mi deseo.
De seguro jamás se cumplirá, pues para ella, Mandy, no soy más que un simple ornamento que le sirve para cubrirse su delicada piel que sus amigas tanto envidian...
En fin, supongo que me conformo con aquél florero persa.